Llegó al pequeño pueblo con muchas expectativas: nueva escuela, nuevos amigos y un mundo desconocido. Todo era nuevo, todo por conocer. Él y su familia arribaron luego de las vacaciones navideñas, por lo que entró a la escuela a mitad de semestre, lo que lo hizo aún más complicado. Ponerse al día con los proyectos, las tareas, los exámenes… Sabía que no sería fácil.
En su primer día de escuela, la maestra lo introdujo a la clase: “Chicos, este es Fernando, acaba de llegar desde muy lejos. Él va a cursar el resto del año escolar con nosotros. Hagámoslo sentir en casa, démosle la bienvenida”. Algunos le miraban y sonreían, otros miraban por la ventana, y en la esquina del salón, iluminada por un rayo de luz que hacía brillar sus cabellos, estaba un ángel que flotaba e irradiaba felicidad… Cuando recogió un lápiz que se le había caído al suelo, levantó la cabeza, lo miró y sus labios desplegaron la sonrisa más hermosa que él jamás había visto.
¡Fernando! ¡Fernando!… ¡Fernando! Todo se había apagado a su alrededor y solo la imagen de esa chica impresionante ocupaba su mente. Sus oídos no escuchaban, nada más existía, hasta que, con un sacudón en el hombro, la maestra le despertó de su hipnosis… ¡FERNANDO! ¡Toma asiento!
Se acercó a su pupitre y un chico que se sentaba a su lado le dio la mano y le dijo: «Hola, soy Marcos.»
El día transcurrió sin mayores inconvenientes. De vez en cuando volteaba a verla sin lograr que lo notase. Le costaba un poco ponerse al corriente con los problemas de matemáticas y con las tareas de ciencias. Algo no le dejaba pensar más allá de esos cabellos, esa sonrisa, esos ojos. Ella se levantó para ir hacia el escritorio de la maestra y, al pasarle por un lado, dejó en él su perfume sutil, un aroma que le acompañó por el resto del día. Se sentía mareado, borracho, no coordinaba.

Marcos notaba algo extraño en su conducta, sobre todo cuando ella hablaba o se movía por el salón… Al darse cuenta, lo tocó en el hombro y le dijo: «Se llama Romina, le decimos Mina de cariño». Sonó el timbre. Se había acabado el día de clases. En la salida vio cómo ella se montaba en un vehículo; su mamá la recogía en la escuela, y a él le tocaba caminar a casa. Por alguna razón, sus pies le pesaban, no podía caminar más rápido, tropezaba.
De pronto, ¡eh! ¡Fernando! Marcos gritaba desde atrás, apurando el paso. ¡Espérame! Marcos le alcanzó y le dijo: «Yo también camino a casa por esta ruta. ¿Dónde vives?» Le preguntó. “En los edificios frente al parque”, contestó él. Marcos sonrió y le dijo: «Yo también vivo allí, vivo al lado de Romina.»

A Fernando le saltó el corazón. “¿Qué?”, preguntó.
—Sí —respondió Marcos—, Mina vive en esos edificios también.
Fernando sintió que se mareaba. Sentía náuseas y algo le nubló la visión.
—¿Qué te pasa? —preguntó Marcos de nuevo…
Fernando se había enamorado a primera vista y perdió el control de su cuerpo y de su mente. Estaba drogado con algo que se manifestaba como una sustancia adictiva, sentía cosas totalmente nuevas para él. La droga del amor invadía su cuerpo y su mente.
Al enamorarnos, especialmente por primera vez y en esos años de adolescencia, nuestro cuerpo segrega de forma muy intensa un neurotransmisor sumamente poderoso que nos hace sentir cosas increíbles, pero, a su vez, produce graves efectos secundarios. Tiene sobre la corteza prefrontal del cerebro un efecto de “bloqueo” en sus funciones principales, tales como el razonamiento, la lógica y la lucidez.
La dopamina literalmente nos “emborracha” y perdemos la orientación. Ello, además, interfiere con nuestra coordinación y buena motricidad, volviéndonos torpes y tontos.

Pero no todo es malo; la dopamina también aumenta la sensación de placer y felicidad.
Esta historia continuará…
Fotografía: @myfrank_ Modelos: Agos y Sussy Condelo